Samanta Schweblin nació en Argentina y vive en Alemania. Ha escrito desde la distancia sobre lo extraño y lo inquietante: atmósferas, escenarios y silencios. Escribe cuentos y novelas y es una de las autoras latinoamericanas más reconocidas en la actualidad. Para ella, la lectura es una forma de desaparecer, en la que no hay conciencia de las palabras justo cuando se está frente a ellas y, cuando la literatura funciona, se suspende cualquier regla del mundo posible, incluido el tiempo.
En la novela Kentukis, Schweblin presenta aquello inquietante de los seres humanos: en un espacio y un tiempo no muy lejanos, las personas pagan por ser quienes miran o por tener un kentuki, un aparato novedoso que se convierte en la solución para algunos como mascota de compañía o simplemente como una ventana abierta a una vida que se asigna en cualquier parte del mundo y que, en definitiva, no tiene nada que ver con la de quien observa. Kentukis es una novela en la que la vida se observa y se vive a través de otros. Algunos permiten que otros entren en su vida; otros se conforman con ver.
Se establece así una relación entre el kentuki y su amo. Esa relación puede variar tanto como los propios humanos; lo interesante allí es que a pesar de que todos tengan las mismas posibilidades, en cada vínculo la forma de comunicación es distinta.
Más allá de lo que son y de lo que ven, quienes miran intentan tener una salida a la vida que llevan, una escapada y una búsqueda de lo que no pueden tener. Una especie de oportunidad de ser otros, de estar en otros lugares.
En cambio, quienes tienen a su kentuki, no quieren ser otros, pero sí quieren estar con otros. Una profunda soledad los acompaña y tener un kentuki se convierte en una forma de sobrellevarla.
Hay una constante agonía en cada una de las relaciones. Una forma de tortura. Pero la autora encuentra la forma de crear empatía y un vínculo, como si la propia novela fuera un kentuki, al que vemos desde la ventana. Hay un misterio que no se revela y, por ello, genera una motivación. No todas las historias tienen un cierre, algunas se quedan en pausa y la tensión con la que las maneja lleva a esperar un desenlace. De alguna manera juega con los lectores haciendo que la literatura funcione en tiempo real. Una literatura que se construye entre dos, de manera única.






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